La alienación o una sociedad desfigurada

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Grupo de trabajadores de una fábrica de Hamilton, 5 de abril de 1893.

El capitalismo tiene en el seno de su creación la misma fórmula que lo destruirá. Al menos, esto es lo que afirma el materialismo histórico, el cual ha estudiado en profundidad los cimientos en los que se basa el sistema capitalista. Sorprendentemente, encontramos en él numerosas contradicciones.

Pero no solo hallamos incoherencias respecto al desarrollo de este sistema de mercado, que mediante la creación de dos clases sociales completamente antagónicas (a diferencia de en la antigüedad, cuando existía mayor complejidad de clases), ha creado el germen de su propio cataclismo. Ni siquiera aspectos más básicos y realmente perturbadores, como que lo que un día hace que empresas se forren mediante la evolución del mercado y su “mano invisible”, al día siguiente sea su destrucción (crisis cíclicas); son contradicciones que a mí, al menos, me hagan comerme mucho la cabeza, pues parecen ser consecuencias indeseadas pero no tan imprevistas como pudiera suponerse. No, hablo de contradicciones que ha creado el capitalismo que van en contra de la propia naturaleza humana.

El marxismo ha estudiado estos aspectos durante todo el recorrido que realiza de la historia y, desquitándose del aspecto determinista que se adjudican otras disciplinas, observa cómo los sistemas de mercado crean una evolución en la naturaleza del ser humano que, de otro modo, hubiera sido opuesta. Me refiero a términos como la idotización del obrero, su mutación a un componente más de una máquina gigantesca y la ignorancia de su papel en el todo de las partes, la desposesión de sus características sociales innatas y, sobre todo, de la alienación.

La alienación es un concepto que incluye muchos otros y, según qué autor escojas, será definido de una u otra manera. Marx no usa a menudo el término “alienación” en El Capital, pero emplea el concepto (Barbalet, 1983). El autor prusiano describe la alienación como un distanciamiento (Entfremdung) de las personas respecto de los aspectos esenciales de su especie (Gattungswesen), todo ello a causa de vivir en un sistema con clases sociales, capital, iglesia, estado (y, en general, todo lo que concierne a la sociedad) reificadas. La reificación implica otro tipo de separación del ser humano de la sociedad y la concepción de que esta es un ente independiente y ajeno con inmutable perdurabilidad e invulnerabilidad. En resumen, que la sociedad va a seguir así pase lo que pase; que el sistema económico es eterno, y que el ser humano (especialmente, el obrero) no tiene la potestad de cambiar nada de ello pues, como ya se ha dicho, no comprende la importancia de su parte en el todo.

Así, alienación es, como se dice, que un obrero que apenas llegue a fin de mes vote al PP. Aunque también se puede aplicar a diversas situaciones, no solo a la lucha de clases, como es alienación que un gay apoye indirectamente el pinkwashing o que una mujer caiga en conductas machistas. Podemos contemplar que no contradice a la definición antes dada: la alienación se trata, al fin y al cabo, de una contradicción respecto a la naturaleza del individuo.

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«Mecánico trabajando en máquina de vapor» (1920). Realizada por Lewis Hine, el padre de la fotografía social. Es curioso cómo un hombre pasa a ser el mero apéndice de una máquina.

Y Marx creía que esta naturaleza era puramente social. La consecuencia de la alienación en este aspecto es devastadora. Para empezar, el obrero es sometido a un proceso de división del trabajo mediante el cual se ve incapaz de establecer una comunicación sana con sus compañeros. De hecho, en ocasiones, es capaz de competir contra ellos (obviamente, sin ninguna conciencia de clase), para lograr los favores del capitalista; altercados que a este último convienen pues, de lo contrario, el resentimiento obrero se dirigiría hacia la clase dominante. Esta deshumanización (e incluso animalización, como afirma Marx en “El trabajo enajenado”) a la que se somete al obrero se traduce también en una mecanización odiosa de sus tareas, mediante la cual debe realizar un trabajo monótono durante horas y horas; su distanciamiento respecto a su función en la cadena de montaje (tanto industrial como social, de la que ya hablé antes); la insatisfacción del potencial humano, cuyas cualidades no pueden explotarse porque están relegados a realizar una sola función, y un largo etcétera…

En general, todo esto contribuye a un despojo de las cualidades que definen a los seres humanos, al desarrollo de su inteligencia, creatividad y cualidades sociales.

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Otra fotografía de Lewis Hine, quien denunció el abuso al que eran sometidos los menores de Nueva York a principios del siglo XX. Su obra se puede encontrar fácilmente en internet. La explotación infantil es otra de las contradicciones al desarrollo del ser humano. 

Y esto me lleva a pensar, ¿cómo el obrero va a desarrollar su propia lucha si tiende —en términos históricos— a establecer como enemigo a aquel que debería ser su compañero? La alienación lleva sucediendo desde el surgimiento desde las primeras civilizaciones, aunque la edad contemporánea es la primera época en la que contamos con los factores para identificarla. Anteriormente, las personas se preocupaban única y exclusivamente de su supervivencia (relaciones de amo y esclavo, señor feudal y vasallo); mientras que ahora el obrero tiene la oportunidad de cooperar y asociarse.

¿Está la conciencia de clase muerta? No es la primera vez que oigo ese tipo de afirmación, dada la poca reflexión que muestra gran parte de la sociedad hacia sus congéneres y el estancamiento de la lucha obrera en numerosos países, todo ello junto al alza de la extrema derecha en Europa. En mi opinión, más que sufrir una prematura muerte, creo que la clase obrera sufre una infrarrepresentación política. Esto tiene causantes tanto ideológicos (al fin y al cabo, la ideología es otro aspecto reificado de la clase dominante) como meramente legales (muchos partidos comunistas y del espectro de izquierda fueron prohibidos durante el siglo XX, por lo que su “resurgimiento” fue trabajoso y paulatino). De todas formas, la conciencia obrera responde a crisis o cambios repentinos, tal y como la concepción de clase. Mientras que hemos vislumbrado en este siglo la existencia de una tercera clase interpuesta (la clase media, como se le suele llamar), otros afirman que la sociedad está volviendo a su aspecto bipolar de base:

Hace cuarenta años, un solo salario […] era suficiente para proporcionar un sustento a un hombre de clase trabajadora y a su familia. Ahora, incluso una pareja de clase media con ambos cónyuges trabajando no puede aportar lo suficiente para llegar a fin de mes. (Phillip Bond)

Sucede algo similar en España: mientras que antes era positivo ser llamado mileurista, ahora parece que ni estos tienen suficiente para hacer frente a la inflación y a las facturas.

¿Nuestra sociedad continuará por este sendero de polarización? ¿Es algo necesario para una verdadera lucha de clase global o unificada? ¿O, por el contrario, existe ya una conciencia de clase establecida, y lo único que necesita es la representación política y difusión necesarias? Son dudas que aún tengo. Sin embargo, estoy muy seguro de algo: vivimos en una gran contradicción que nos distancia artificialmente de aquello que somos por naturaleza.

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Otra vuelta de tuerca

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Desearía no ser yo muchos, muchos días. En especial, cuando las listas de espera son interminables y los nombres erróneos se acumulan en llamadas a voz alta, susurros avergonzados, como los de quien quiere decir algo y se le queda atascado en la garganta.

Conozco a gente de mi clase que lleva esta lucha por bandera. Yo nunca fui así. Me gusta más callármela, concebir algún tipo de excusa…cualquiera diría que me avergüenza. Quizás, otra persona más intuitiva deduciría que no es exactamente así. Es el miedo al reproche, a la capacidad de desenfundar el puñal de la opinión, al libre albedrío, al recelo a estas corrientes modernas. A la gente. A que no me miren como a los demás hombres.

Yo pienso mucho en este vaivén de sentimientos mientras espero a que la psicóloga me atienda. Algunos días, me gusta relucir mi orgullo por ser quién soy, por no dejarme llevar por la corriente, por apuntar con la nariz al techo incluso si mis alrededores están por derrumbarse. Otros, sin embargo, reniego de esa actitud. Considero inocuas esas pequeñas rebeldías diarias, probablemente, por temor a ser el que siempre se queja, al que engulle su causa y no pertenecen otras peculiaridades, el que dejó de ser persona por ser un arma de guerra.

Yo acumulo más transfobia en mi cuerpo que cualquier otra persona del planeta Tierra. No me veo hombre cuando me miro en el espejo. No considero mis pechos masculinos. Observo con resentimiento las reuniones de aquellos que no se ocultan tanto entre las barreras del me da miedo ser y hablan de sus propias jaulas con perspectiva de vuelo. Me da la impresión de verme encerrado en aquellas barreras, sintiendo una punzada de envidia mientras contemplo cómo otros no se preguntan qué pasará si son ellos por mucho tiempo.

Por ello, cuando me llaman a la consulta tras más de media hora sentado en una silla fría, colocando mis piernas de manera que sea poco femenina pero no demasiado exagerada, aburrido y con la columna abarrotada; quiero que se agote ya el tiempo. Porque no hay mayor tortura para un tránsfobo como yo estar agazapado durante más rato del necesario respondiendo a preguntas incómodas, asegurando con la cabeza cuando me preguntan si estoy seguro, sí: ¿Seguro de qué? Seguro de nada. Seguro de querer salir de aquí, de querer nacer en otra existencia, más benigna, quizás, con menos retos.

—Lo siento, es que es raro, ¿no? Tendrás que esperar a que me acostumbre.

Tres palabras recurrentes:

1. Lentitud

2. Paciencia

3. Laberinto

Pero las soluciones rápidas nunca han sido del gusto de esta administración, y menos de una legislación padre de unos niños a los que le da miedo arropar cuando se va a la cama. Los trámites son excesivos, las luchas parecen irrelevantes, todo adquiere un matiz de escepticismo que llenaría las lagunas de nombres borrados de la historia. A menudo pienso que las cosas para la gente trans son tan complicadas porque realmente quieren que nos rindamos. Dos años en hormonas (que algunos ni siquiera quieren, o no necesitan, o no tienen la integridad física o mental como para someterse a ellas), para cambiarse un nombre, un apodo, una trivialidad que significa tan poco en algunos instantes y tanto en otros…es denigrante. Es una situación perturbadora.

Yo ya lo he dicho. Yo no quiero decir que soy trans. Pero lo tengo que hacer siempre: cuando me llega un paquete a nombre de una persona que no soy yo, cuando realizo la matrícula, cuando le pido al profesor, con voz extenuada, que modifique mis credenciales, cuando me llaman para hacer un examen y un grupo de cuarenta chavales me observa con gesto de incertidumbre, como si yo fuera un puzzle que desentrañar, un rompecabezas desencajado, un proyecto de Frankenstein. De estos, al menos, me desprendo del carácter de voluntareidad, puesto que en muchas otras ocasiones soy yo culpable de destaparme. Ante las injusticias, ante las menciones desencaminadas, ante la exposición de mi “especie” como monos de feria a los que contemplar, en el gueto, en la calle, en la escuela, en esta entrada, porque a veces, sí, el cansancio proclama su victoria ante la misma vergüenza que me causa escribir que no soy como los demás.

Todo adquiere un matiz de lentitud que me sume en un pozo de irrelevancia. ¿Para qué frustrarse, si las cosas pueden salir aún peor? Tan solo quiero unas hormonas que pincharme y un DNI distinto para vivir  en un poco en paz conmigo mismo. Quizás, si son benévolos, un torso plano y un timbre más grave, de manera que no tenga que justificar tener dieciocho años y aspecto de catorce, esconder mediante bromas la angustia que me causa vivir en un aspecto atemporal.

Pero la transfobia que yo tengo no es solo disforia. Es ver a otros que hablan y escoger callar porque sus voces me parecen chirriantes y fatigosas. Es caer en la idea de que quizás todo esto es innecesario y me vendría mejor volver a atrás, solo porque creo que la gente de mi alrededor está cansada de tener que soportar las oscilaciones de mi ánimo, la claustrofobia que me crea vivir en la ilusión ajena de lo que un hombre es en esta sociedad. Es sentarme y responder, cuando la psicóloga pregunta:

—¿Te sientes bien contigo mismo?

—Sí, claro que sí.

Tuvo que transcurrir media hora de una primera sesión para que me preguntara cuál era mi nombre. Mientras tanto, el otro flotaba en las páginas de mi historial médico, puesto ante mis narices. Desde un primer momento, arrugué la nariz y me figuré que las cosas iban mal. Que mi sueño de cuento de hadas era un fiasco, una estafa. Me sentí un Joseph K. en un laberinto de preguntas sin respuesta.

No le importamos a nadie, realmente. Ni siquiera les damos pena. Tan solo somos su trabajo. Para los demás, un peso extra del que desembarazarse.

Tres meses se quiso librar de mí y por fin se ha librado. He sido derivado a otro hospital desde el que tendré que empezar de cero. Me contentaré con las mismas preguntas incómodas, los mismos plazos angustiosos, la perspectiva de que pasarán siglos hasta que pueda escribir mi nombre en un formulario y no se me encojan las tripas por no estar poniendo el correcto. Mientras tanto, una lucha mitigada, casi de fondo, me perturba. Cuanto más hables de esto, dice algo dentro de mí, menos te tomará la gente en serio. Menos chico pensarán que eres, más proyecto.

Soy la persona más tránsfoba del planeta Tierra, y por ello no quiero que sepan que soy trans. Desde el momento en el que lo diga, ya no seré un hombre ni un chico. No quedará nada del escritor empedernido, del cafeinómano; del chaval antojadizo, pero incondicional. Se olvidarán de que soy una persona individual, con sus quebraderos de cabeza, sus noches sin dormir, su poca perspectiva de vuelo, quizás, pero alas impacientes, sus tardes somnolientas, sus defectos, sí, y sus cualidades, como una de la que no me canso: aguantar, y aguantar, y aguantar, y tener miedo a que me aguanten. Seré tan solo un problema más que tolerar.

Seré otra vuelta de tuerca. Y ya no habrá marcha atrás.

 

Un remedio para la depresión

No sé cuántas veces habré recurrido a Google en busca de la cura final de mis pensamientos depresivos. Y no sé cuántas más, después de infinitas búsquedas por chats, foros y blogs de psicología, he quedado igual que estaba. Tan solo leía, una y otra vez, los mismos consejos que no me llevaban a ninguna parte.

No desprestigio la labor de anónimos tratando de hacerle la vida más fácil a la gente. No lo hago. Pero, siendo objetivos, es muy probable que muchas de estas personas jamás hayan pasado por una depresión real, o tan solo estén intentando hacer un par de consejillos para refrescar el contenido de su página web. Muchos de estos, como salir a correr, hidratarse o quedar con un amigo, son demasiado generales y probablemente un remedio a corto plazo para los pensamientos depresivos. Algunos de ellos me funcionan, otros, no.

Con esto no pretendo fingir que soy un psicólogo. Creo saber algo de psicología, por supuesto, de una manera muy personal, pero jamás como un profesional. Sin embargo, sí confío en que algunas de estas experiencias personales puedan a ayudar a alguien, al menos, para mejorar un poco su día.

Esto es lo que me ha funcionado a mí.

 


En este post hablaré de depresión, ansiedad y pensamientos intrusivos, entre otros. Soy de los que hablan de ello sin tapujos y sin vergüenza. Una burrada de personas en el mundo sufrimos trastornos mentales y vivimos bajo el estigma de que no son tan importantes como una enfermedad física. Voy a manifestarme alto y claro, de manera personal, y espero que vosotros también podáis hacerlo.

Mi psicóloga siempre me dice que tengo que empezar a diferenciarme de mis pensamientos. Identificarte con tus propios pensamientos es muy típico de trastornos como la ansiedadla depresión o el trastorno obsesivo-compulsivo, en los cuales crees a pies juntillas cualquier cosa que se te pase por la cabeza sin ser capaz de aplicarle raciocinio. Esto sucede porque, en nuestra cultura, tenemos la misconcepción de que somos capaces de regir nuestra mente de la misma manera que regimos nuestras decisiones o acciones, cuando se ha demostrado que esto no es cierto.

La mente es un sistema complejo que actúa a libre albedrío. Por supuesto que puedes invocar ciertos razonamientos en ella y llegar a complejas soluciones, pero lo que haga tu mente con ello…eso no puedes controlarlo. Por eso, a menudo recordamos eventos traumáticos que prefiriríamos desechar de nuestra memoria, o caemos en rumiaciones que no van a ninguna parte. Los pensamientos negativos o depresivos funcionan de la misma manera: son recordatorios constantes y angustiosos que no tienen ninguna función práctica en la vida real, y que la mente parece traer de vuelta con el simple motivo de torturarnos.

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Mi primer consejo es tratar de identificar cuándo estamos rumiando sobre pensamientos sin sentido. Estos pueden ser de toda clase, desde “no sirvo para nada” hasta “nadie me quiere”, pasando por “soy un asesino en serie encubierto y una vez aplasté a un mosquito, por lo que parece ser que tengo instintos asesinos que algún día florecerán”. No digo que todos los pensamientos sean erróneos, pero cuando hay una rumiación constante, seguida de angustia y pesadumbre, es muy probable que lo sean. Que pienses que eres un inútil no significa que lo seas, y que te haya dejado tu pareja no quiere decir que jamás encuentres el amor, de la misma manera que haber soñado algún día con matar a alguien no te convierte en el próximo asesino en serie más buscado en el continente.

Una vez que hayas identificado estos pensamientos irracionales, te aconsejo que los pongas en palabras. Hazlo como quieras: a ordenador, a lápiz o simplemente figurándotelos en tu cabeza, como palabras escritas en un fondo negro. Este simple ejercicio a mí ya me ayuda. Tenemos que tratar de, a veces, ser observadores de nuestra propia mente sin participar en ella, pues todos los humanos caemos en pensamientos absurdos y la mayoría de las veces no nos paramos a plantearnos lo que estos nos hacen ser o su significando interno.

Por ejemplo, ¿cuántas veces has soñado con un hecho sin sentido, o has pensado que te gustaría darle un puñetazo a alguien o cosas peores? Y, de todas estas ocasiones, ¿no es cierto que en la mayoría dejas pasar estos pensamientos, como nubes que se marchan por un cielo claro?

Así funciona la mente. No la controlamos. Solo nosotros le otorgamos un poder que normalmente no tendría por qué tener.

En mi experiencia, la inseguridad sobre mis pensamientos proviene por las míticas concepciones de psicoanalistas desfasados (es que odio a Freud con toda mi alma), que siempre tratan de buscar un significado oculto e intrínseco a nuestros pensamientos, acabando por convertirnos a todos, inevitablemente, en depravados sexuales o pederastas encubiertos. Se ha demostrado, sin embargo, que esto no es así. La mayor parte de nuestros pensamientos recurrentes suelen ser erróneos, o así se demuestran posteriormente, y la angustia que nos dan suelen ser un factor indicativo de que no caeremos en los patrones que más temor generan en nosotros.

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Mi TOC a veces hace que tenga que recurrir a rituales absurdos para aliviar pensamientos intrusivos.

Normalmente, tras escribir estas conclusiones en algún lugar, yo me siento más tranquilo. Trato de mirarlo todo desde un enfoque positivo y racional. En añadidura, de vez en cuando, viene bien pararse a pensar las cosas positivas que están en tu vida, plasmarlas en el papel y agradecer su presencia, prometiendo darlo todo por atesorar la motivación que te brindan día tras día para seguir adelante.

 

En otras ocasiones, sin embargo, quizás te venga mejor darles un enfoque distinto. A mí, en particular, depende del día. A veces quiero hacer meditaciones intensas, colmadas de causas y consecuencias, pero en otras ocasiones me viene mejor decir “esto no tiene importancia. Paso.”

¡Es verdad! Nuestros pensamientos tienen un poder ficticio sobre nosotros, como antes he dicho. En mi opinión, son nuestras decisiones, y nuestras acciones, las que realmente nos definen. Así que, ¿por qué pararte a pensar en cosas que te angustian, cuando podrías estar siendo una persona productiva? Llámame raro, pero a mí me satisface decir “no tengo tiempo para esto ahora, luego me deprimiré. Hay cosas más importantes para mí en este momento.” Y me pongo a estudiar, a leer, a tocar el piano, a empezar un curso de polaco por internet, cualquier cosa para distraerme que requiera el esfuerzo mental suficiente como para dejar de ruido de fondo los pensamientos negativos. 

Y si esto no funciona, si no hay nada que te distraiga de la angustia que te generan, haz una lista de cosas que sabes que no te fallarán en hacerte sentir un poco mejor. En mi caso, no hay nada que me satisfaga más que hacerme un té y tirarme en la cama a ver una película de El Hobbit. En tu caso, igual salir a correr es gratificante, como dicen mucho de los consejos online, pero a lo mejor puede ser resolver puzzles, ver una serie que te hace reír, leer un libro de esos que te traen de vuelta a casa, o simplemente mirar las nubes pasar por la ventana.

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La meditación es una gran amiga para muchas personas que sufren depresión. El objetivo de la misma es encontrar un equilibrio mental, una paz que te haga distanciarte lo máximo posible de los pensamientos que vuelan por tu mente. Centrarte en tu respiración, en mi caso, en el sonido del reloj, y enfocar tu atención en eso y solo eso. Sentir cómo los músculos se tensan o relajan o tu pecho subiendo y bajando es a menudo reconfortante y te ayuda a darte un momento de tregua entre tu mente y tú.

Podrías decir, ¿y de qué me sirve eso, si con tanta calma me van a volver a atosigar los pensamientos? Te recomiendo que hagas meditación guiada. Hay algunas especializadas en la depresión o la ansiedad que te ayudarán a no seguir el derrotero de los pensamientos negativos. Aunque no a todo el mundo le funciona, nunca pasa nada por intentarlo.

Otro recurrente en las guías antidepresivas es salir a hacer ejercicio. Sinceramente, a mí me agota más que alivia, y por motivos personales no siempre soy capaz de hacerlo. Pero siempre me refresca un poco dar un paseo, o tratar de hacer una actividad que me guste al aire libre, como leer. A pesar de ser una persona introvertida, poder contemplar como la gente va y viene e interactúa entre sí me da una consciencia de presente que me focaliza en mi entorno. Es bueno sentir que formas parte de esta sociedad, que te rodean gente con pensamientos y problemas similares y que, de alguna manera, todos estamos intentando seguir adelante.

 

Una recomendación típica con la que coincido bastante es acudir a tus amigos o familiares cercanos, aquellos en los que puedas confiar, ya estén cerca o estén lejos. Sincérate con gente de confianza, puesto que ellos, probablemente, vean la situación con más perspectiva. De todas formas, no recomiendo recaer mucho en esto. Sé que hay gente que no cuenta con amigos de confianza, o que no está preparada para confesar ciertos sentimientos a las demás personas. Además, podemos establecer una dependencia emocional tóxica en la que convertimos a nuestro amigo en un psicólogo.

Cuando creas que necesitas continuamente atención emocional, plantéate ir a un psicoterapeuta. De hecho, es el punto central al que quiero llegar con todo esto. Si puedes permitirte ir a uno privado, especializado en el trastorno del que sufras, ¡genial! Pero muchas veces esto no es posible. Cuentas, de todas formas, con centros de salud mental pública a los que te puede derivar tu médico de cabecera. Son una gran ayuda. Si crees que estás sufriendo una crisis, puedes solicitar un psicólogo de urgencia para no esperar las largas listas de espera.

Para terminar, haré un resumen de los puntos iniciales que he tratado en este post y trataré de ser conciso. Espero que te haya servido de algo. Ten siempre en cuenta que, a pesar de que tienes que luchar solo, hay mucha gente apoyándote, y batallando también contra sus propios problemas. Mira siempre hacia adelante y, si crees que has tocado fondo, ya no puedes hacer más que subir. Cueste el tiempo que cueste. ¡Mucha suerte!

 

Remedios para la depresión

  • Poner lo que sientes en palabras. Escribirlo en algún lugar. Así, puedes analizarlo con perspectiva y extraer una conclusión positiva.
  • Sepárate de tus pensamientos. Dales un contexto objetivo y comprueba su irracionalidad.
  • Quítale importancia al asunto y céntrate en otras tareas más relevantes y provechosas que te satisfagan.
  • Medita.
  • Hacer algo que te tranquilice: leer un libro, ver una serie, salir a dar un paseo.
  • Si te puede la angustia, acude a un amigo o a un psicólogo. Trata de hacer una lista con cosas que te ayuden a escapar de esos pensamientos y repásala cada vez que te encuentres mal.
  • Rememora aspectos positivos de tu vida y expectativas futuras que te motiven. Practica tus valores día a día para sentirte en paz contigo mismo.

 

“You can only come to the morning through the shadows.”
― J.R.R. Tolkien

Mis aspectos favoritos de “El señor de las moscas”

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Título: El señor de las moscas (Lord of the flies)
Autor: William Golding Año: 1954 Editorial: Faber and Faber
Páginas: 288 Puntuación: 5/5

He decidido no arriesgarme a escribir una reseña completa sobre El señor de las moscas, pues temo que me llevará muchas, muchas más páginas de la necesarias. Por ello, he decidido centrarme alrededor de algunos de los puntos que más me gustan de la novela para poder relatarlos in extenso. 

Leí por primera vez este libro hará dos años. Cayó en mis manos gracias a una incursión en la biblioteca de la cual no esperaba obtener nada, pero el título me llamó la atención (por razones que explicaré más adelante), y en menos de dos días ya me lo había terminado. La verdad es que se trata de una novela bastante corta, casi dando la apariencia de relato, que te deja con ganas de más. Tras leerlo pude comprobar que es una lectura obligatoria para los estudiantes anglosajones, y se trata de uno de los clásicos más influyentes del siglo pasado por la fábula moral que expone sobre la condición humana.

El argumento de El señor de las moscas es el siguiente: una treintena de muchachos son los únicos supervivientes de un naufragio en el que perecen todos los adultos. Enseguida se plantea cómo sobrevivir en tales condiciones, y no tardan en crearse dos grupos con sus respectivos líderes. Ralph se convierte en el cabecilla de quienes están dispuestos a construir refugios y a recolectar, mientras que Jack se convierte en el jefe de los cazadores, animados por un espíritu más salvaje. La novela relatará los enfrentamientos entre la racionalidad y la barbarie, la validez de la disciplina y la humanidad frente al salvajismo.

1. Las referencias

La razón por la cual escogí este libro fue por el título. El “señor de las moscas” hace referencia a Belcebú, un demonio muy importante que se reconoce por ser la representación de la gula.

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Ilustración de Sam Weber

Esta novela abarca multitud de temas, siendo el hambre uno de ellos. Los niños pasan hambre nada más llegar a la isla, teniendo que alimentarse de frutas y pescado, desarrollando enfermedades a causa de esto (en las cuales no se profundiza demasiado). La obtención de carne se convierte en una prioridad para los cazadores, mientras que Ralph está más preocupado por mantener viva la hoguera que podría devolverles a casa. Esto se convierte en motivo de animadversión para Jack y sus demás compañeros que, llevados por la gula, devoran grandes cantidades de carne cada vez que los cazadores consiguen cazar a un cerdo.

Otro motivo a comentar en relación con la comida es la bestia. Durante toda la historia acecha la existencia de una bestia a la que los muchachos temen, tanto que los cazadores llegan a rendirle culto cediéndole la cabeza de una cerda recién cazada. Simon, tropezándose con dicha ofrenda, sufre lo que parece ser una alucinación en la cual la cabeza le habla, identificándose con la temida bestia. Sin embargo, el cadáver parece tan solo anunciar algo que Simon había predicho páginas más atrás: la bestia no es algo que se pueda matar, pues reside en el corazón de los propios hombres, cuya crueldad resulta ser el mayor problema de los niños en la isla.

Esto se demuestra cuando, a continuación, Simon acude a los demás chicos en medio de una celebración y, tratando de advertirles del peligro, es confundido con la bestia y asesinado por la horda de cazadores.

2. El antagonista

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“Oh, mira, un súbdito. Le engañaré con esta sonrisa de no haber roto un plato en mi vida.”

Puede que esto suene cliché, y sí, puede que si has hablado conmigo durante un período de tiempo relativamente largo, ya estás al tanto de este detalle, pero ADORO a Jack Merridew (en mayúsculas y negrita).

El autor nos presenta, poco después de la introducción de Ralph y Piggy, a una bandada de cuervos que se acercan hacia la plataforma. A todos les guía un único chico que, embutido de negro, no para de dar órdenes y actuar con arrogancia. Ya desde el primer momento le situamos en una posición de relevancia en la historia, siendo uno de los primeros en recibir tanto nombre como apellido.

“Man is least himself when he talks in his own person. Give him a mask and he will tell you the truth.”

Jack es una representación muy fidedigna de todo engreído profesional que nos podemos encontrar en el día a día. Su actitud es prepotente desde el momento en el que entra en escena, y desde el principio hasta el final del libro será guiado por sus ansias de poder, su deseo de controlar y mantener bajo su mando a todo el mundo y, cuando alguien no se somete ante sus órdenes, su orgullo se descompone en mil pedacitos que recompondrá de nuevo a base de imponerse por la fuerza. ¿No conocemos todos a alguien así? ¿Una persona que, a pesar de ser un buen estratega y líder, peca de un abrumador sentimiento de soberbia?

El mismo líder de los cazadores es el que comienza la rebelión contra el “democrático” gobierno impuesto en la isla, convirtiéndose, así, en una segunda fuerza de poder totalmente antagónica a la que representa Ralph. No piensa en ningún rescate, tan solo en cazar, comer y festejar. Sin embargo, en muchas ocasiones podemos observar cómo se abruma ante sus propias salvajadas, quedando aturdido por las consecuencias de sus propios actos e incluso rompiendo en lágrimas cuando ve que llega un rescate. Creo que todo esto le convierte en un personaje muy especial, protagonizando rencillas contra el otro líder en las cuales podemos observar muchos aspectos de su personalidad, y, sobre todo, siendo mucho más humano de lo que nos puede resultar al comienzo.

3. La “cortinilla” de Ralph

Este es un tema que, en todas las reseñas que he leído del libro, se trata asombrosamente poco, por no decir nada. Es un aspecto del protagonista que me llamó muchísimo la atención, y que creo que, de haber podido ser más desarrollado, hubiera influenciado gravemente en su personalidad.

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Ilustración de Sam Weber

Cuando hablo de “la cortinilla” de Ralph me refiero a los lapsus que sufre el protagonista cuando las cosas empiezan a complicarse entre él y su rival. De vez en cuando, parece quedarse abstraído y no recordar muy bien qué parte de su discurso estaba dando, como si de repente todos sus ideales se hubieran desmoronado y se hubiera percatado de que sus esperanzas son en vano.

Sintiendo la necesidad de algo más ceremonioso se dirigió hacia la plataforma. Ralph iba en primer lugar, meciendo la caracola; le seguía Piggy, con gran solemnidad; detrás, los mellizos, los pequeños y todos los demás.
—Sentaos todos. Nos han atacado para llevarse el fuego. Se están divirtiendo mucho. Pero la…
Ralph se sorprendió ante la cortina que nublaba su cerebro. Iba a decirles algo, cuando la cortinilla se cerró.
—Pero la…
Le observaban muy serios, sin sentir aún ninguna duda sobre su capacidad. Ralph se apartó de los ojos la molesta melena y miró a Piggy.
—Pero la… la… ¡la hoguera! ¡Pues claro, la hoguera!
Empezó a reírse; se contuvo y recobró la fluidez de palabra.

[…]

—Vinieron a escondidas —Ralph elevó la voz—, de noche, en la oscuridad, y nos robaron el fuego. Lo robaron. Les habríamos dado un poco de fuego si nos lo piden. Pero tuvieron que robarlo y ya no tenemos ninguna señal y no nos van a rescatar jamás. ¿Os dais cuenta de lo que digo? Nosotros les hubiésemos dado para que también tuviesen fuego, pero tenían que robarlo. Yo…
La cortinilla volvió a desplegarse en su mente y se detuvo, aturdido.

¿Qué habría pasado si los chicos no hubieran sido rescatados? ¿Acaso Ralph desarrollaría más otro tipo de instinto, abandonando su característica naturaleza racional…o a lo mejor se debatiría entre ambas personalidades, provocando así un conflicto interno? Me gustaría haber sabido más de esto, sin embargo, creo que el autor lo empleó tan superficialmente a propósito para que pudiéramos generar nuestras propias dudas y teorías. Me agrada saber que, en personajes tan estereotipados y cerrados como son los dos protagonistas de El señor de las moscas, se desarrollaron trazas antagónicas en sus personalidades (refiriéndome tanto a ese “salvajismo” oculto en Ralph como a la benevolencia o compasión que muestra Jack a veces).


Por último, me gustaría recomendar El señor de las moscas a aquel que le agraden las lecturas ligeras o el terreno de la psicología humana. Cualquiera de las dos películas que han adaptado la novela, tanto la que está en blanco y negro como la de los noventa, representan muy bien las ideas principales del libro y son también recomendables.

Comentaría muchos otros aspectos que me encantan de esta novela, tales como la ambientación, los estereotipos o el personaje de Piggy, al cual le tengo mucho cariño; pero me temo que la entrada sería demasiado larga.

Pero no puedo abandonar este post sin hacer un listado de mis frases favoritas de la novela, que para algo llené el libro de post-its. Con esto y un bizcocho…

Reflexiones

“Caminaron juntos, como dos universos distintos de experiencia y sentimientos, incapaces de comunicarse entre sí.”

“Las ideas más brillantes son siempre las más sencillas.”

“Su mente estaba llena de recuerdos: los recuerdos de la revelación al acorralar a aquel jabalí combativo; la revelación de haber vencido a un ser vivo, de haberle impuesto su voluntad, de haberle arrancado la vida, con la satisfacción de quien sacia una larga sed.”

“Advirtió que al fin se explicaba por qué era tan desalentadora aquella vida, en la que cada camino resultaba una improvisación y había que gastar la mayor parte del tiempo en vigilar cada paso que uno daba.”

“Se miraron perplejos, con amor y odio.”

“Puede que haya una bestia…puede que sólo seamos nosotros.”

“Para otros resultaba fácil levantarse y hablar ante una asamblea, al parecer, sin sentir esa terrible presión de la personalidad; podían decir lo que tenían que decir como si hablasen ante una sola persona.”

“De cualquier modo que Simon imaginase a la fiera, siempre se alzaba ante su mirada interior como la imagen de un hombre, heroico y doliente a la vez.”

“Tienen que darse cuenta que el miedo no les puede hacer más daño que un sueño.”

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La tema transexual

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Yo nací pa ser muyer. Siquier, eso dicen. Siempres-yos gustó la idea de /mi/ como muyer. Siempres fui una bona muyer. Una d’eses que reivindicaben, que lluchaben, supongo. Eso yera lo que dicíen de mi, de xacíu. Yo solo faía lo que me paecía xusto.
Nun quiero echame flores como persona, a cencielles digo que, según munchos, yo nací pa ser muyer. El problema ye que nunca me lo creyí del tou. Con riesgu de cayer n’estereotipos, voi dicir que na mio temprana niñez nunca me fixeron demasiada gracia les muñeques y, a ser posible, xuntábame con otros neños. Pero, adulces, y como ten de ser en toa familia de ciudá asturiana bien cerrao y convencional, les neñes tienen que dir coles neñes y los neños colos neños.
Dende entós empezó’l que yo llamo “el mio procesu de reafirmación”. Yo nun me vía bien muyer, pero lo creía, y por eso trataba de reafirmarme costantemente. D’un día pa otru pasaba de chándal a vistíos, empezaba a interesame pol maquillaxe, por tou lo estereotípicamente femenín, solo porque quería asegurame de qu’ende yera onde encaxaba (y onde tenía de encaxar). Asina trascurrieron, a lo sumo, quince años de la mio vida. Quince años que se perdieron pol sumidoriu. Quince años que pasé siendo daquién que nun soi.
Resumides cuentes, cada vez que m’amarutaba de mozu, o me ponía una sudadera grande, a mi entrábame una sensación d’arguyu inesplicable que faía esnalar camparines pol mio estómagu. Y siempres recordé col cazu altu como los vecinos, como me cunten los mios padres, confundíenme con un neñu de pequeñu. Col tiempu ye más difícil despintar eses coses, col desenvolvimientu de los calteres sexuales y tou eso de lo que nun fai falta que fale. Vivu n’una ciudá pequena, una ciudá onde conocemos toos, y naide equí esmolezse realmente por salise de lo establecío. Nin por un momentu pasóseme pela cabeza en quince años que quiciabes, solo quiciabes, yo nun naciera pa ser muyer.

Y ye que les muyeres, por enforma que vos digan lo contrario, nun se nacen, fáense. Voi proponer engarradiella física a cualesquier que trate de rebatírmelo. Tu nun decides nel to propiu allumamientu ponete a mercé de les inxusticies sexistes coles que la vida vate a bombardear, de la mesma manera qu’una muyer trans, que, según estos esquemes, “nun nació muyer”, nun “escueye” recibir misoxinia. Tu nun puedes ser muyer dende la to nacencia. Nun podemos asonsañar que de guajes tenemos una concepción establecida sobro lo que ye’l xéneru, ignorar los cambeos tan brutos d’ideoloxíes que pueden trespasase nesti ámbitu d’una civilización a otra, etc.

Asina que, mundu, gracies por dicime que nací para ser muyer. Agora más que nunca quiero demostravos lo contrario. Soi, creo, y nací un guaje, y toi bien contentu con ello.

El dilema de la conquista d’Asturies

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Faime especial gracia’l calter ofendíu col que el españoles de güei tomen les declaraciones d’una profesora catalana, Eugènia de Pagès i Bergés: “Los musulmanes no conquistaron Asturias porque poco más había que unos rebaños de cabras.” Y, ye que, dexáime añedir, nun ye que el musulmanes nun pudieren conquistar, sinón que tampoco quixeron conquistar el norte (la totalidá d’Asturies, partes de Galicia, Cantabria y País Vascu.)

Entiendo que la xente que nun ye d’equí (y n’especial el de el españoles d’a pies, heredero de los castellanos más zarraos de mollera) nun se paren nin un segundu a pensar el razonamientu qu’hai detrás d’estes palabres, pronunciaes, amás, por una historiadora. Esti nun ye un llugar con sable del mediterráneu, nin d’enllanaes estenses como en Castiella. Este ye un llugar de sierres con monte tres monte, y cuando acaba’l monte, vien el mar, y con él un vientu insoportable. Lo que resta son cuarenta mil praos apinaos de culiebres y montes inhóspitos y húmedos, amás d’un territoriu, polo xeneral, inútil para la construcción de caminos que lu traviesen na so totalidá (yá vísteis lo que pasó cola rede d’AVE).

Esto nun ye una degradación al territoriu asturianu, sinón más bien l’amuesa de modestia frente a la indiferencia musulmana. Tengo entendíu (correxíime si equivócome), que los ástures inclusive llegaron a pagar delles monedillas a los sos vecinos para nun ser invadíos, hasta qu’a dalgún cafre dio-y por remontase (cof, Batalla de Cuadonga, que, por cierto, más qu’historia ye una llenda.)

Cuadru de Don Pelayo.

Los bereberes nunca ocuparon el territoriu gobernáu por reis godos porque los traía más costos que beneficios. Los oríxenes d’Asturies hasta l’altu medievu son pactos inciertos y una presencia fugaz de musulmanes, ente que fueron, como se ta aldericando anguaño, bereberes rebalbos y non árabes quien combatieron nel noroeste peninsular. La famosa y mítica Batalla de Cuadonga podría a ver sío, como dixo Maíllo, una rebelión contra los tributos y arbitrariedaes d’unos advenedizos que rompíen los pactos ensin más nin más. Ye fascinante ver artículos sensacionalistes sobro la supuesta fiereza y rivalidá de los astures, la so valentía y entereza, cuando la única demostración de Reconquista escontra’l sur (¿puede llamase Reconquista a daqué que dura ocho sieglos?), foi más cosa de los visigodos que los mesmos astures, que probablemente taríen nes sos casines sobreviviendo como pudieren, qué se yo.

Asina que, lo de “Asturies ye España y lo demás tierra conquistada”, dejémoslo en qu’Asturies ye Asturies, y lo demás, lo que quiera ser.

Lenin y Aleksandr, su hermano anarquista

Es por todos sabido que Vladímir Ilich Uliánov, más conocido como Lenin, fue el líder indiscutible del partido bolchevique y de la revolución rusa. Sin embargo, no es tan conocida la historia de su hermano mayor, Aleksandr, cuya ejecución tendría un gran impacto en su hermano Vladímir y le inspiraría para convertirse en uno de los más importantes líderes políticos de la historia reciente.

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Aleksandr Ilich Uliánov (1866-1887), el primogénito de los padres de Lenin.

Esta historia me resulta realmente interesante, no solo por la trama política que la envuelve, sino por su sutil carácter vengativo y justiciero. Probablemente Aleksandr no llegaría a pensar el día de su muerte que su hermano pequeño se convertiría en el líder de la mayor revolución obrera de la historia a raíz, entre otras cosas, del dolor que le provocó su muerte.

Sasha (así era el apelativo por el que se le conocía), tenía 21 años el día que decidió participar en el intento de asesinato de Alejandro III. Sus conocidos esperaban que se convirtiera en catedrático de zoología: provenía de una familia acomodada y su mayor afición durante la infancia fue el estudio de gusanos e insectos. Le definían como un chico solitario, tímido y estudioso que, años después, sería capaz de entregar su vida por una causa justa.

Sin embargo, Lenin crecería y contemplaría la revolución de un modo muy diferente a su hermano mayor. Mientras que Aleksandr era un narodnik (apoyaba la instrucción de las masas de campesinos para llevar el socialismo a Rusia), su hermano, más dogmático, prefería contemplar la escena social rusa de otra manera. No es que fueran radicalmente distintos, de hecho, y como aseguran muchos historiadores, Lenin tomó de Aleksandr numerosas doctrinas que mejoró y amplió, siendo algo así como su “versión mejorada”, más estratégico y comprometido.

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Aleksandr se mudó a San Petersburgo tras acabar el instituto: aquel fue el lugar donde su espíritu político nació por primera vez, conmovido por la manifestación del 17 de noviembre de 1886. Se nutrió de los escritos de filósofos y críticos literarios como Chernishevski y Dobroliubov, cuyos nombres abanderaba en las protestas en las que manifestaba su rabia contra las muertes injustas y la corrupción excesiva de la realeza rusa.

Fue tras estas reflexiones cuando Aleksandr decidió unirse al grupo nihilista Voluntad del Pueblo, el grupo revolucionario que seis años atrás había acabado con la vida de Alejandro II, padre del zar actual. Los conspiradores, congregados en el café Polonais, planearon el ataque, decidiendo perpetrarlo el primer día de marzo de 1887. Aquella mañana colocarían una bomba en el carruaje en el que Alejandro III viajaría o, al menos, esa era su intención.

Sin embargo, una serie de fallos (retraso del cochero del zar, plantón de Alejandro III) que parecen surgir de una acción divina, hizo que la policía capturara a Aleksandr y a sus compañeros de Voluntad del Pueblo con las bombas en Perspectiva Nevski a mediodía. Pasaron casi dos meses en prisión hasta que los jueces dieron su veredicto: debían de ser ejecutados. El 20 de mayo el joven Sasha moriría en la horca.

Un dato curioso es que, un año después, el tren imperial en el que viajaba ese mismo zar descarriló a consecuencia de un atentado. Alejandro consiguió levantar el techo colapsado del tren para que sus hijos escaparan. Falleció unos cuantos años después a causa de la nefritis: parece ser que consiguió librarse toda la vida de las tentativas de asesinato por mano humana.

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“Llámame por tu nombre” —André Aciman (Reseña)


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Título: Llámame por tu nombre (Call me by your name) 
Autor: André Aciman Año: 2007 Editorial: FSG 
Páginas: 256 Puntuación: 5/5

Opinión personal (sin spoilers)

Llámame por tu nombre es una de las últimas novelas que leo este verano y, sin duda, una de las mejores (incluso de todo el año). Tuve la necesidad de echarle un ojo tras ver el tráiler de la película que Luca Guadagnino ha dirigido para llevar al cine la historia de Elio y Oliver, este último interpretado por mi querido Armie Hammer.

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Miradle. Es imposible decirle que no a este hombre.

Este libro, narrado en primera persona por Elio, un joven italiano que posee a la par inteligencia, cultura y timidez; es la historia de algo más que un amor: una obsesión. El protagonista se ve atraído inmediatamente por el estadounidense nada más observar su fotografía en la lista de inquilinos que su familia propone cada año. Todos los veranos un huésped acudirá al pueblo costero con la intención de terminar su manuscrito. A cambio de ofrecer al padre de Elio apoyo con su papeleo académico, podrá hospedarse en la residencia y relacionarse con estudiosos de la zona.

A Elio le sorprende la extroversión e informalidad del profesor nada más que este hace apariencia en escena. A pesar de mostrar gran interés en él, se ve ofendido por su actitud desenfadada y despreocupada, tan contraria a la suya propia.

«¡LUEGO!» Una palabra, una expresión, una actitud. Nunca había escuchado a nadie utilizar «luego» para despedirse. Me resultó arisco, seco y despectivo, dicho con la velada indiferencia de alguien a quien le daría igual no volver a verte o no saber nada de ti. Es el primer recuerdo que tengo de él y aún hoy puedo oírlo. «¡Luego!»

Sin embargo, con una sorprendente tendencia a sufrir subidas y bajadas emocionales propias de un adolescente en el clímax de su etapa hormonal, el italiano conoce la agridulce sensación de enamorarse de Oliver hasta las trancas, pasando por etapas de obsesión insana, negación obcecada y continuas decepciones. Elio comienza a controlar todos sus movimientos, relaciones y palabras, enfocando su vida y su realidad a las mismas y dejándose llevar por una ráfaga de emociones de las que continuamente se arrepiente y reprocha. De todas formas, tan consciente es como de que su actitud roza la toxicidad en algunas ocasiones, también lo es de que admira al estadounidense con fervor, tanto que llega incluso a (algo que me resultó muy divertido), catalogar sus emociones según el bañador que se pusiera aquel día.

En la década de los ochenta, sin embargo, no es muy fácil sacar estos controvertidos sentimientos a flote, aunque esto no parece perturbar (no demasiado) a Elio. Comprende su atracción como algo físico, más tarde, como un vínculo emocional irrompible o una admiración extrema, a pesar de que el mismo Oliver se sorprenda a menudo por la madurez e inteligencia que desprende un chico tan joven y le admire (de una manera menos caótica), de vuelta. Lo más fascinante de esta novela es que no es una historia de salir del armario, es una historia de amor, obsesión, o lo que sea que te haya hecho deducir el contexto, donde la naturaleza de una relación entre dos hombres y sus consecuencias es expuesta de la manera más secundaria posible.

Mi parte favorita de este libro fue, sin duda, Elio. Elio narrando sus sentimientos, Elio narrando sus aventuras, Elio narrando su amor pasional y sus desvaríos. La extensión de sus reflexiones es tan amplia y contradictoria que puede parecer molesta pero, sin embargo, me hizo estar más y más enganchada a cómo evolucionaría. Refleja mejor que nada el espíritu adolescente, ese en el que si te habla tu crush te conviertes en un manojo de nervios, prestas especial atención a todos sus movimientos y una respuesta distante puede provocarte un bajón desesperante y agónico. Es Elio, con su sinceridad y sus arrebatos francos e inocentes, quien hace de esta novela algo realista y emocionante.

Antes de que leas este libro, sin embargo, es importante prestar atención a su alto contenido erótico. Hay una parte en especial que mosquea bastante, ya sea por su índole bizarra o desagradable, que hace que te quedes más o menos con esta cara:

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“Esto es raro de cojones. Pero probablemente haya gente así en el mundo.”

El erotismo en el libro, de todas formas, es narrado con una fluidez y un carisma que lo hacen único. No es demasiado explícito, pero tampoco muy trascendental. Lo mismo ocurre con el resto de la narración, pues combina largas reflexiones del protagonista con momentos de acción que marcan las partes de la historia. La forma de escribir de Aciman me resultó encantadora: puede combinar frases largas y repletas de significado con un resultado espontáneo y ameno. Mis aplausos por ello.

Estaba dispuesto a etiquetarle como alguien difícil e inalcanzable con quien no tenía nada más que hacer. Dos palabras suyas y veía cómo mi apatía llorosa se transformaba en un jugaré a lo que tú quieras hasta que me pidas que pare, hasta la hora de comer, hasta que la piel de mis dedos se caiga una capa tras otra, porque me gusta hacer cosas para ti, haría cualquier cosa por ti, tan sólo pronuncia la palabra, me gustaste desde el primer día e incluso cuando congeles mis renovadas propuestas de amistad, nunca olvidaré que tuvo lugar entre nosotros esta conversación y que hay formas más fáciles de recuperar el verano en plena tormenta de nieve.

En conclusión, totalmente recomendable a quien le guste la prosa lírica, e incluso a quien no le gusten las novelas románticas (me incluyo en esa categoría), pues puede que se lleve una gran sorpresa. Creo que, además, lo leí en una época del año perfecta, pues pude transportarme perfectamente al edénico pueblo costero que el autor describía. No solo encontrarás en este libro representación homosexual, sino también religiosa, y un amplio abanico de referencias literarias para cualquiera que esté metido en el terreno de la literatura. O también puedes terminar cerrando el libro con una agonía existencial y una angustia terrible como cuando lo acabé yo, pero eso ya es cosa de cada uno.

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Oliver soy yo cuando leí el último párrafo.

“Nunca paras de amar a alguien. Solo aprendes a intentar vivir sin él.”